El Poder del Villancico
Ahora que ya se han pasado las Navidades y ese halo de ilusión y amor elevado a la infinita potencia se han disipado, ya puedo, al fin, escribir sobre lo que he aprendido estos días sin sentir que sigo bajo el influjo de ellas. Este año he sido voluntaria en la Asociación Benéfica Geriátrica llevando mantas a ancianxs ingresadxs en hospitales y la verdad es que me he llevado una gran sorpresa al descubrir lo que he querido denominar como 'El Poder del Villancico'.
La teoría era siempre la misma, entrar en las habitaciones con previa autorización, saludar a lxs ancianxs, charlar un poco con ellxs, darles la manta y, si tenían ganas, cantar un villancico con ellxs. Como os podréis imaginar, había situaciones de todo tipo: personas mayores solxs, acompañadxs, ausentes, presentes, habladores, calladxs, alegres, gruñones... De todo un poco.
La teoría era fácil, pero la práctica era otro cantar de Mío Cid, porque las personas mayores tienen eso, son como libros viejos de aventuras, unxs son más partidarios de que lxs leas y otrxs no tanto. He visto un poco de todo: el que no quería que le cantásemos y al final era el que más alto cantaba, la tímida que resultó mandar hasta en el ritmo que debía ser cantado el villancico, el que hacía que tocaba su acordeón mientras cantábamos para recordar sus viejos tiempos de músico y la más mágica de todas, la que movía el pie al ritmo de nuestros desafinados decibelios estando más lejos que cerca de nosotrxs sin abrir los ojos, pero deleitándonos con sus lágrimas haciéndonos saber que sabía que estábamos ahí.
Es alucinante como unas simples canciones pasadas de generación en generación pueden hacer que las personas se unan tanto incluso siendo perfectxs desconocidxs. En sus miradas podías ver como viajaban en el tiempo, al momento en que recordaban cantar esas mismas canciones con sus personas favoritas: familia, pareja o amigxs.
La última anciana a la que le di una manta fue a la que sigo escuchando cantar en mi cabeza y mi piel sigue erizándose al recordarlo, porque a pesar de estar completamente sola, nos regaló un villancico que nadie de mi grupo conocíamos. Un villancico que al parecer su madre le cantaba a ella cuando era pequeña y que ella seguía recordando como si estuviese allí con su madre en ese preciso instante.
He aprendido que hay muchas maneras de enseñar y compartir amor y al parecer una de ellas son los villancicos. Tienen la capacidad de hacerte cambiar tu estado de ánimo, de venirte arriba, de tener esperanza, de por un minuto creer que todo es posible, incluso el reunirte con tu madre en el tiempo.
Otra prueba más de que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y de que la música sana corazones y nos acerca a lxs que están lejos o a los que por desgracia ya no están.
No dejéis de cantar viajando a esos momentos o creando otros nuevos :)
La teoría era siempre la misma, entrar en las habitaciones con previa autorización, saludar a lxs ancianxs, charlar un poco con ellxs, darles la manta y, si tenían ganas, cantar un villancico con ellxs. Como os podréis imaginar, había situaciones de todo tipo: personas mayores solxs, acompañadxs, ausentes, presentes, habladores, calladxs, alegres, gruñones... De todo un poco.
La teoría era fácil, pero la práctica era otro cantar de Mío Cid, porque las personas mayores tienen eso, son como libros viejos de aventuras, unxs son más partidarios de que lxs leas y otrxs no tanto. He visto un poco de todo: el que no quería que le cantásemos y al final era el que más alto cantaba, la tímida que resultó mandar hasta en el ritmo que debía ser cantado el villancico, el que hacía que tocaba su acordeón mientras cantábamos para recordar sus viejos tiempos de músico y la más mágica de todas, la que movía el pie al ritmo de nuestros desafinados decibelios estando más lejos que cerca de nosotrxs sin abrir los ojos, pero deleitándonos con sus lágrimas haciéndonos saber que sabía que estábamos ahí.
Es alucinante como unas simples canciones pasadas de generación en generación pueden hacer que las personas se unan tanto incluso siendo perfectxs desconocidxs. En sus miradas podías ver como viajaban en el tiempo, al momento en que recordaban cantar esas mismas canciones con sus personas favoritas: familia, pareja o amigxs.
La última anciana a la que le di una manta fue a la que sigo escuchando cantar en mi cabeza y mi piel sigue erizándose al recordarlo, porque a pesar de estar completamente sola, nos regaló un villancico que nadie de mi grupo conocíamos. Un villancico que al parecer su madre le cantaba a ella cuando era pequeña y que ella seguía recordando como si estuviese allí con su madre en ese preciso instante.
He aprendido que hay muchas maneras de enseñar y compartir amor y al parecer una de ellas son los villancicos. Tienen la capacidad de hacerte cambiar tu estado de ánimo, de venirte arriba, de tener esperanza, de por un minuto creer que todo es posible, incluso el reunirte con tu madre en el tiempo.
Otra prueba más de que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y de que la música sana corazones y nos acerca a lxs que están lejos o a los que por desgracia ya no están.
No dejéis de cantar viajando a esos momentos o creando otros nuevos :)
Pole!
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