De cuando aprendí otro idioma para declararme

Nunca pensé que acabaría escribiendo sobre las calabazas más grandes que me han dado en mi vida, pero heme aquí.

No me caracterizo por ser una persona que exprese fácilmente lo que siente. Ni de coña, vamos. Ese tema ha estado acotado, amurallado y electrificado si me apuras. La cosa es que a finales del año pasado conocí a un chico (todas las historias empiezan igual) y sentí que mi fortaleza a modo Muralla China se desplomaba y demás cursilerías que no vienen a cuento. 

Es alucinante cómo a pesar de tener el corazón electrificado contra outsiders, la ilusión y esperanza vuelan tan alto como tus ganas de que por fin tengas una buena razón para coger los alicates y acabar con todo ese dispositivo que lo único que rebela es que tienes un miedo atroz a que te vuelvan a hacer daño. Así que me dejé emborrachar por esa sensación de '¡Aquí hemos venido a jugar!', me puse en modo trabajo a lo Michael Jordan en The Last Dance y mi objetivo se convirtió en algo muy serio. 

Pensé mil estrategias diferentes, porque todavía no os he contado que somos como el día y la noche. Él vive en un mundo mental, mientras que yo soy capitana de mi propio barco en el mar llamado Emoción. Aún así, nos encontrábamos a gusto ambos estando juntos, pero seguíamos hablando idiomas diferentes. Hasta le propuse tomar unas cervezas a modo Pictionary a lo que él me contestó con cuatro emojis de mierda. Os preguntaréis: ¿cuál de toda la amalgama de emojis fue el elegido para obsequiarme con las primeras calabazas? Pues...redoble de tambores...😅 Así fue, el de la puta gota. 

Pero soy muy cabezota y total, ese emoji tampoco se puede considerar unas calabazas como tal. ¿O sí? Por lo que os podréis imaginar, seguí en mis trece. Que si jiji y jaja hasta que un día en pura desesperación le iba contando a una amiga mía mi frustración de haber encontrado al fin un chico con el que encajo, pero que no me entiende cuando le hablo de tomarnos unas cervezas. Así que ella muy sabiamente me aconsejó que lo hiciese en su idioma y todo en mi cabeza cuadró. Fue genial, se me abrió el cielo ante esa revelación y ya veía fuegos artificiales, viajando juntos en una caravana por la costa y hasta una casa con jardín. Ya os digo, a mí me das la mano y cojo todo el brazo. 

Así que aprendí diseño gráfico para explayarme y mi amiga me ayudó con el código. Sí, creamos una App de móvil a modo declaración de amor. Muy era 2.0, ¿verdad? Lo que hace una por amor. Mi madre. Eso sí, cambié la forma, pero el fondo era el mismo: UNAS CERVEZAS. Que digo yo que tampoco es tanto, UNAS MÍSERAS CERVEZAS. Pues nada. ¿Qué emoji creéis que me regaló esta vez? El del puto mono tapándose los ojos. No, no intentéis descifrarlo ni buscar un significado elaborado. Es un puto emoji y desde aquí reivindico que se penalice legalmente a todas aquellas personas que se expresan únicamente con emojis del demonio. 

¡¡¡¡LAS LETRAS SIRVEN PARA ALGO!!!! Las pinturas rupestres tenían sentido en su día y un emoji puede acompañar a tus mensajes, pero no deberían ser el mensaje en sí. Y menos aún cuando alguien está abriendo su corazón y para ello ha aprendido a hablar en tu idioma. Tu puto idioma. Soy muy fan de cómo el 'puto' enfatiza la palabra que le acompaña. ¿Qué emoji podría representar la palabra 'puto'? ¿Lo veis? No lo hay. 

Os resumiré el final de esta historia como Dios manda: 💔. 

Eso sí, la sensación de victoria cuando le envié esa App no os la puedo describir con emojis. 
















Comentarios

Entradas populares de este blog

20 segundos de coraje

Cuestión de gustos