Ese tic-tac demasiado alto que te impide conciliar el sueño

Desde que nacemos ya estamos determinados por una constante: el tiempo. O incluso antes de hacerlo, ya lo estamos: nueve meses.
Una de las cosas que aprendí cuando estuve en Etiopía es que el tiempo como tal, lo hemos inventado en Occidente con el objetivo de monetizarlo al máximo. Además, a diferencia de ellos, el nuestro es lineal, una secuencia de acontecimientos ordenados cronológicamente.
Si nos paramos a pensar, nuestra vida gira en torno a unos tiempos ya estipulados. El tiempo de gestación, la edad a la que empiezas a comer sólido, a hablar, a andar, a utilizar el orinal, a leer, a escribir, a decir "NO", a conformar tu personalidad, a entrar en la pubertad, a dar tu primer beso, a perder la virginidad,  a elegir qué estudiar, dónde trabajar, con quién casarte o no, a plantearte si tener hijos o no, hipoteca o alquiler, y suma y sigue. 
Es una larga lista por la que parece que todos hemos de pasar y en unos tiempos determinados, pero ¿qué pasa cuando tú no vas acorde con los tiempos estipulados? ¿Qué pasa cuando te sales de la línea y decides marcar tu propio ritmo acompasado por tus pasos y tus propias decisiones? 
¿Por qué, a menudo, nos vemos presionados con este tipo de "hitos existenciales"? ¿Acaso sólo existe una única manera de vivir? ¿Un prototipo de vida a seguir?
En Etiopía me sorprendía desesperándome mientras que esperaba a los etíopes, los cuales me habían citado a una hora determinada el día anterior. Para ellos, el tiempo no era una preocupación, ni una limitación, simplemente algo que sirve de referente, pero que no implica una obligación. Su vida no giraba en torno a un reloj y me enseñaron que cada persona es distinta al igual que sus tiempos. 
Unos tiempos que hay que respetar tanto como a la propia persona.
Es curioso, cómo, según en la parte del mundo en el que estés, el tiempo adquiere significados completamente diferentes, ya sea limitación, referente o algo que carece de importancia. Simplemente la puesta de sol que avisa de que otro día se acaba.
Además, aprendí a vivir el presente, el día a día, algo que aquí no había hecho de forma consciente, ya que siempre estoy pensando en lo que tengo que hacer para conseguir que.
Entre tanto barullo se nos olvida a lo que de verdad hemos venido a hacer aquí: vivir viviendo.

¿Para cuándo una escala de tiempo en el que se represente lo que de verdad importa? Una escala basada en aprender a jugar, a amar, a respetar, a pensar, a crear tu propio criterio, a reflexionar, a compartir, a lidiar con todo aquello que nos duele, a disfrutar de todo aquello que no entendemos, a no tener miedo de lo diferente...

Suena utópico, así que me conformo con un:

¿Qué tal si nos olvidamos de los tiempos y cada uno marca su propio ritmo?


Comentarios

Entradas populares de este blog

De cuando aprendí otro idioma para declararme

20 segundos de coraje

Cuestión de gustos