El peligro de las etiquetas
¿Por qué tenemos siempre la manía de definirnos a nosotros mismos y a los demás? Digo manía, porque nada bueno puede salir de confinar a una persona en una palabra. De esta manera, ya la determinamos y la ponemos límites. ¿Y quién puede volar estando en una jaula?
Soy consciente de que muchas de esas palabras o motes no son peyorativos, pero ¿qué pasa con todos aquellos que normalizamos y que, a pesar de que para los que lo reciben sean dañinos, nosotros hemos dejado de verlo? Tenemos tanta necesidad de definir a personas, situaciones y relaciones que ya lo hacemos con una naturalidad pasmosa sin darnos cuenta que puede tener unas consecuencias nada beneficiosas para quienes se ven afectados por ello.
Estoy hablando desde el niño que recibe la etiqueta de "malo" por ser travieso hasta la persona que, sin darse cuenta, se ha convertido en un "ilegal" por atreverse a buscar una vida mejor. Desde pequeños estamos expuestos a las etiquetas que nos ponen los demás y que, en la mayoría de los casos, acabamos haciendo nuestras, porque si todo el mundo me llama "bicho raro" ¿habré de serlo, no?
Goebbels decía que "una mentira repetida 1000 veces se convierte en verdad". Dejando de lado, que este hombre era un experto en la propaganda nazi, tenía razón en algo: acabamos creyéndonos todo aquello que se nos dice mil veces. Lo mismo pasa con las etiquetas. Adjetivar a una persona puede catapultarla o estrellarla y la línea entre ambos fines es demasiado delgada.
Sigo intentando averiguar por qué lo hacemos. Si etiquetamos a la gente, a las situaciones y a las relaciones para poder saber qué esperar de todo ello y no ser vulnerables ante las mismas o si lo hacemos por la necesidad intrínseca de controlar todo lo que está fuera de nuestro alcance. No sé si es por el miedo inherente que tenemos a todo aquello que desconocemos o simplemente nos creemos con la potestad de definir a alguien o algo, porque nos sentimos superiores.
Aquí también habría que hablar de la naturaleza de los grupos y del miedo a no saber o no poder encajar en ellos, pero por hoy me conformo con que antes de etiquetar a alguien o algo, paremos a pensarnos por qué lo hacemos, ¿de verdad es necesario o es una estúpida manía más del ser humano?
Las palabras deberían de dar alas, no quitarlas.
Soy consciente de que muchas de esas palabras o motes no son peyorativos, pero ¿qué pasa con todos aquellos que normalizamos y que, a pesar de que para los que lo reciben sean dañinos, nosotros hemos dejado de verlo? Tenemos tanta necesidad de definir a personas, situaciones y relaciones que ya lo hacemos con una naturalidad pasmosa sin darnos cuenta que puede tener unas consecuencias nada beneficiosas para quienes se ven afectados por ello.
Estoy hablando desde el niño que recibe la etiqueta de "malo" por ser travieso hasta la persona que, sin darse cuenta, se ha convertido en un "ilegal" por atreverse a buscar una vida mejor. Desde pequeños estamos expuestos a las etiquetas que nos ponen los demás y que, en la mayoría de los casos, acabamos haciendo nuestras, porque si todo el mundo me llama "bicho raro" ¿habré de serlo, no?
Goebbels decía que "una mentira repetida 1000 veces se convierte en verdad". Dejando de lado, que este hombre era un experto en la propaganda nazi, tenía razón en algo: acabamos creyéndonos todo aquello que se nos dice mil veces. Lo mismo pasa con las etiquetas. Adjetivar a una persona puede catapultarla o estrellarla y la línea entre ambos fines es demasiado delgada.
Sigo intentando averiguar por qué lo hacemos. Si etiquetamos a la gente, a las situaciones y a las relaciones para poder saber qué esperar de todo ello y no ser vulnerables ante las mismas o si lo hacemos por la necesidad intrínseca de controlar todo lo que está fuera de nuestro alcance. No sé si es por el miedo inherente que tenemos a todo aquello que desconocemos o simplemente nos creemos con la potestad de definir a alguien o algo, porque nos sentimos superiores.
Aquí también habría que hablar de la naturaleza de los grupos y del miedo a no saber o no poder encajar en ellos, pero por hoy me conformo con que antes de etiquetar a alguien o algo, paremos a pensarnos por qué lo hacemos, ¿de verdad es necesario o es una estúpida manía más del ser humano?
Las palabras deberían de dar alas, no quitarlas.
es muy cierto lo que dices el humano tiene por costumbre etiquetar a la persona que no le cae bien con una palabra "maleducado" "inculto" "sinverguenza", etc.sin ver el daño que podemos hacer a esa persona.
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